La confusión entre la rica tradición teórica del liberalismo y la realidad capitalista moderna parece ser otra herencia dañina más de la Guerra Fría. Durante aquellas cuatro décadas de tensión entre los dos bloques mundiales se difundió la idea equivocada, aunque comprensible, de que el liberalismo democrático era la ideología del capitalismo, así como el marxismo era la ideología del comunismo.Si esto era falso entonces, ya que tanto en los países capitalistas como en los comunistas había más de una ideología –toda sociedad diversa es ideológicamente plural y hasta las sociedades comunistas son heterogéneas-, más lo es ahora, cuando luego de dos décadas de multiculturalismo, tanto las sociedades capitalistas como las pocas sociedades comunistas que quedan en el planeta son más diversas que hace treinta o cuarenta años.
Pero la idea de que el liberalismo es la ideología del capitalismo es falsa, además, porque niega, en contra de la obra del propio Marx, las mutaciones experimentadas por el capitalismo y por el liberalismo en los dos últimos siglos. Uno de los autores que más ha insistido en las transformaciones de la filosofía liberal en las dos últimas décadas es el pensador newyorkino Michael Walzer (1935), graduado de Princeton y Harvard, profesor en ambas universidades y editor de dos publicaciones fundamentales de la esfera pública norteamericana: Dissent y The New Republic.
Walzer es conocido, sobre todo, por su Tratado sobre la tolerancia, que se instaló en el debate entre multiculturalismo y republicanismo en los años 90, y por su Guerras justas e injustas, que canalizó una parte importante de la crítica a la guerra de Irak en Estados Unidos. Pero buena parte de la obra teórica de Walzer está dedicada a explorar el diálogo entre liberalismo y marxismo y a documentar las transformaciones teóricas de ambas corrientes en el último medio siglo.
En su extraordinario ensayo, “El liberalismo y el arte de la separación”, incluido en Pensar políticamente (Paidós, 2010), Walzer reprocha a marxistas y a liberales la falta de comprensión histórica de la evolución de ambas teorías en los dos siglos pasados. Los primeros no reconocen el aporte de los segundos a la teoría de la libertad y prefieren cerrar los ojos ante el desplazamiento hacia los conceptos de justicia e igualdad que, a partir de John Rawls, está protagonizando el liberalismo.
Los segundos, dice Walzer, prefieren seguir pensando el marxismo como ideología del comunismo –postulado tan falso como el del liberalismo en tanto ideología del capitalismo- y no admitir el aporte del marxismo, como teoría social, a la propia construcción de políticas públicas de los estados liberales en el último siglo y, como corriente ideológica opositora, a la democratización de la vida política en los países occidentales.
Unos y otros, sostiene Walzer, han contribuido al moderno “arte de la separación”, esto es, a la destrucción del antiguo régimen premoderno, donde los individuos y las comunidades estaban subordinados a cuerpos y estamentos jurídicamente autorreferidos. Pero los liberales, acota Walzer, parecen más dispuestos que los marxistas a reconocer la importancia de esa empresa moderna y el aporte de unos y otros a la misma:
“El arte de la separación no es una empresa ilusoria o fantástica; es una adaptación moral y políticamente necesaria a las complejidades de la vida moderna. La teoría liberal refleja y refuerza un proceso de diferenciación social de largo recorrido. Aquí argumentaré que los teóricos liberales suelen malinterpretar este proceso, pero, al menos, reconocen su significación.
Los autores marxistas tienden a negar la significación del proceso. Desde su punto de vista, se trata de una transformación sin sustancial trascendencia, un suceso o una serie de sucesos que tienen lugar principalmente en el mundo de las apariencias. Las libertades liberales son irreales, todas ellas.
El problema de este punto de vista es que no enlaza de ningún modo verosímil con la experiencia real de la política contemporánea; tiene cierto carácter de abstracción y obstinación teórica. Nadie que haya vivido en un Estado antiliberal va a aceptar una devaluación así del abanico de libertades liberales disponibles. El logro del liberalismo es real, aunque sea incompleto”.


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