En post anterior comentábamos, a partir de sendos artículos de Jesús Silva-Herzog Márquez y Simon Schama –leyendo a autores como estos, la política parece recuperar, aunque sea fugazmente, su categoría de arte principesco- las expectativas despertadas por las competidas elecciones en el Reino Unido. Menos de una semana después esas expectativas se han visto acotadas por la precaria realidad del nuevo poder en Downing Street, número 10.
Los liberaldemócratas, encabezados por Nick Clegg, sólo obtuvieron 57 de los escaños parlamentarios. Todo parece indicar que, en vez de conformar un polo opositor con los laboristas, podrían aliarse con los conservadores y armar una mayoría legislativa y gobernante. El anuncio de la renuncia de Gordon Brown ha sido interpretada como un último recurso de los laboristas, con el fin de asegurar el pacto con los liberaldemócratas.
Las democracias parlamentarias, decíamos entonces, parecen más perfectibles que las presidencialistas. Sin embargo, hay aspectos de todas las democracias –como la colonización mercadotécnica de los votantes o las demandas de constitución de poderes con verdadera capacidad de gobierno- que se imponen y acaban postergando reformas de los sistemas electorales. En el caso de la Gran Bretaña, una reforma de esa naturaleza es deseo de buena parte de la opinión pública y los medios académicos, pero aún no alcanza consenso en las cúpulas de los dos partidos mayoritarios.



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