Hay escritores que sólo pueden escribir en estado de ira o, como decían los viejos latinistas, ab irato. Ahora que cada vez más personas se expresan y se comunican por medio de la escritura, a través de los medios electrónicos o de las redes sociales, comprobamos que se trata de una inclinación humana y no, únicamente, de una preferencia estilística. Escribir con rabia, con enojo o con amargura es uno de los actos más comunes de la era digital: un acto que hace apenas medio siglo era documentable en algún periódico, un libro o una carta.
Una observación de las formas de escritura que adopta la comunicación electrónica nos llevaría a cuestionar el tópico de que la expresión predigital, por no estar tan personalizada, se veía más mediada por la esfera pública, que atempera retóricas agresivas. A pesar de la cada vez mayor propagación de la escritura personalizada, en la era digital, la esfera pública sigue ejerciendo su función moderadora. Es la esfera pública, con su moralidad contractual, la que sigue apaciguando los lenguajes más iracundos.
He pensado en el tema luego de la lectura de Enemigos públicos (Barcelona, Anagrama, 2010), el libro que reúne la larga polémica electrónica que sostuvieron Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy en el primer semestre de 2008. Tal vez esa correspondencia haya sido moderada con el propósito de ser editada, pero aún así, permite constatar la persistencia de un código de decencia en dos autores interesados en explorar los límites afectivos de la rivalidad intelectual.
El intercambio comienza con un mensaje de Houellebecq en el que el autor de Las partículas elementales y Plataforma le estampa a Lévy sus diferencias: “todo, como se suele decir, nos separa, excepto un punto fundamental: tanto usted como yo somos individuos bastante despreciables”. Pero ya en la primera respuesta de Lévy, que es quien más atempera el debate, los humos han bajado y la despedida es un “saludo cordial”.
Los dos escritores recorren múltiples temas de discordia: Sartre, la literatura de confesión, la familia, Céline y Proust, el compromiso, el holocausto, la celebridad, la novela y la poesía, el amor, los libros… Hay momentos, como cuando debaten el “deseo de agradar” de los escritores o cuando confrontan sus memorias familiares, que distienden la crispación generada por cuestiones morales o políticas que los llevan a un contradictorio posicionamiento público.
Por ejemplo, cuando debaten la Rusia de Putin. Houellebecq confiesa que al regresar a Occidente, luego de un viaje reciente a Rusia, sintió que “regresaba a la casa de los muertos”. “La vida en Rusia es dura, muy dura, por supuesto, es una vida violenta pero viven, tienen unas ganas desbordantes de vivir que nosotros hemos perdido. Y tuve ganas de ser ruso, ruso e irresponsable en el ámbito ecológico”.
A Lévy le parece horrenda esa nueva exotización de Rusia en Occidente, que hereda de las anteriores, la del zarismo y la del stalinismo, el gusto por un otro autoritario: “a diferencia de usted, no tengo ninguna, pero ninguna gana de ser ruso ni de volver a Rusia. Amé una idea de Rusia. Defendí y amé esta idea de la cultura rusa que, en los años 70 y 80, invocaban, revueltos, Solzhenitsyn y Sájarov, los eslavófilos y los europeístas, los discípulos de Pushkin y los de Dostoievski, los disidentes de derecha, los de izquierda y los que, como decía el matemático Leonid Pliuchit, no pertenecían ni a un campo ni al otro, sino al campo de concentración”.
“Pero lo que ha llegado a ser Rusia –concluye Lévy-, lo que se ha visto de Rusia cuando se desmoronó el comunismo, su debacle, su deshielo o su derretimiento, han revelado, a ella misma y al mundo, la Rusia de Putin, la de la guerra de Chechenia, la Rusia que asesina a Anna Politkóvskaya en la escalera de su casa, y la que la propia Politkóvskaya, justo antes de que la asesinaran, describe en ese hermoso libro que es Diario ruso, la Rusia de las bandas racistas que persiguen, en pleno Moscú, a los rusos no étnicos, la Rusia que da caza a los chinos en Irkutsk, a los daguestanos en Rostov…”
La respuesta de Houellebecq parecerá a unos, cínica, a otros, realista, y a otros, superficial: esa Rusia es la que prefiere la mayoría de los rusos, la que “vota masivamente a Putin y a Medvedev, que considera que no hay otra alternativa creíble; que piensa, de acuerdo con sus gobernantes que las reprimendas de Occidente (sobre Chechenia, u otras cuestiones) son injerencias inaceptables. Hay que reconocerlo: el gobierno ruso está en absoluta sintonía con su población en estos asuntos”.
La correspondencia se crispa también cuando Houellebecq confiesa, para decepción de Lévy, no saber distinguir entre una guerra justa y otra injusta. Pero unos días después, los rivales vuelven a la tensa cordialidad que han construido desde las dos primeras cartas: compartir lecturas (desde Kant o Comte hasta Spinoza o Althusser), incluso lecturas discordantes, es un modo de volver a la calma. Hay un tomarse en serio, un respeto mutuo, un haberse leído y una complicidad de grandes lectores, en estos polemistas, que permite que, en los momentos de mayor divergencia, no desaparezca del todo la cortesía.
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