En el último número de Babelia, donde la defensa del periodismo clásico llega hasta la vindicación, por Carlos Fuentes, no del Albert Camus novelista o filósofo sino del autor de reportajes y columnas en Combat, Jon Lee Anderson, el gran reportero de The New Yorker, concede entrevista a Guillermo Altares. Asegura el autor de la biografía del Che Guevara y de El dictador, los demonios y otras crónicas (Anagrama, 2010), que los blogs, por su velocidad, no permiten el desarrollo holgado de narrativas y que el medio natural de una crónica es el periódico o, preferiblemente, el semanario.Sin miedo a ser catalogado como “dinosaurio” de la “estirpe reporteril”, Anderson sostiene que la crónica y el reportaje no desaparecerán, ya que son la fuente primordial de la historia moderna. Antes de que se escribieran los primeros tratados sobre la colonización americana, ya había crónicas y reportajes sobre aquel hito: “los primeros periodistas eran frailes que acompañaban a los expedicionarios, son las crónicas, los diarios ¿Qué sabemos de la conquista de las Américas? Nos fascinan por su instantaneidad, nos llevan a un momento que ya no existe, como las cartas de Roger Casement desde el Congo”.
Confiesa Anderson que intentó reportear el terremoto de Haití por medio de un blog y que nunca llegó a sentirse a sus anchas: “no sé si llegué a adquirir el gusto, pero no conseguí quitarme la impresión de que me estaba serruchando el suelo de la narrativa”. Un suelo que tiene que ver más con el tiempo que con el espacio. Anderson piensa que el reportaje o la crónica requieren tiempo: tiempo para ser escritos, tiempo para ser leídos y tiempo, también, para que la inmediatez de los hechos sea procesada por el periodista y el lector.


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