El intelectual polaco Adam Michnik personifica la idea de que los cambios políticos y económicos que transformaron la Unión Soviética y Europa del Este, en los años 80, y que desembocaron en la caída del Muro de Berlín y las transiciones de los 90, fueron obra, fundamentalmente, de la presión de las disidencias, las sociedades civiles y los líderes reformistas de los países del bloque soviético.
Quienes insisten en subestimar esos cambios prefieren poner el énfasis en la autodestrucción –el “suicidio”, dicen - de las nomenclaturas o la “mano del imperialismo”, los manejos de Roma, Reagan, la Thatcher y Wojtyla. Michnik, en cambio, que lo vivió, asegura que aquello fue una revolución civil que derivó en una serie de pactos políticos entre las disidencias y las nomenclaturas.
Veinte años después, Michnik lamenta que el sentido de aquella revolución se ha perdido, en la propia realidad política de Europa del Este y, sobre todo, en la memoria de sus protagonistas. En un artículo recogido por el último número de Letras Libres (Año IX, Núm. 98, noviembre, 2009), Michnik observa, con tristeza, una fuerte e inevitable tendencia a la desmitificación de Solidaridad, donde predomina el cuestionamiento de las credenciales opositoras de sus líderes y el curioseo por los archivos de la policía secreta:
“En agosto de 1980 Polonia respiró aire fresco y limpio. Hoy mancillar la revolución de Solidaridad y a sus héroes, partiendo de los archivos del Servicio de Seguridad, es para unos un acto heroico, y para otros, como tirar una granada en una sentina: a algunos los mata, a otros los hiere y a todos los impregna del hedor. Y ahora todos –los heridos, los salpicados- vamos a festejar el vigésimo aniversario ¿Será posible que aprendamos a hablar con sensatez de lo que nos atrevimos a hacer?”
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