Una historiadora de la Universidad de Sao Paulo, Sílvia Cezar Miskulin, acaba de publicar el mejor estudio que se ha hecho, hasta ahora, sobre aquella polémica: Os intelecuais cubanos e a política cultural de la Revolución (Sao Paulo, Alameda Casa Editorial, 2009). Miskulin reconstruye el valioso proyecto editorial de El Puente, que en cuatro años logró publicar cerca de cuarenta títulos, algunos, como De la espera y el silencio (1961) del propio Mario, Algo en la nada (1961) de Gerardo Fulleda León, Silencio (1962) de Ana Justina Cabrera, Las fábulas (1962) de Ana María Simo, El orden presentido (1962) de Manuel Granados, Santa Camila de la Habana Vieja (1963) de José R. Brene, Teatro (1963) de Nicolás Dorr, Tiempos del sol (1963) de Belkis Cuza Malé, Amor, ciudad atribuida (1964) de Nancy Morejón o Isla de güijes (1964) de Miguel Barnet, de referencia obligada para el estudio de la literatura cubana más joven de aquella época.
Miskulin retrata la agresividad con que El Caimán Barbudo reaccionó contra aquel proyecto editorial relativamente autónomo. En su polémica con Ana María Simo, Jesús Díaz caracterizó a El Puente como un “fenómeno erróneo política y estéticamente” y cuestionó la moralidad “disoluta” de sus autores, término que fue leído como declaración sexista, homófoba, elitista e, incluso, racista. La persecución y estigmatización de los escritores de El Puente, emprendida por el Estado cubano, tuvo a su favor el indudable talento y el apasionado vanguardismo de jóvenes escritores, estudiados por Miskulin, como el propio Díaz, Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Orlando Alomá, Eduardo Heras León, Raúl Rivero o Víctor Casaus.
El estudio de Miskulin no es maniqueo ni ignora que hubo víctimas del Estado cubano en ambos grupos generacionales. Pero al enmarcarse, un tanto rígidamente, entre 1961 y 1975, quedan desdibujadas las divergentes evoluciones políticas de muchos de aquellos intelectuales a partir de los años 80 y 90. Este valioso libro nos persuade de que las guerras de la memoria, que vive la cultura cubana actual, no pueden librarse por medio de la mutilación de biografías, pero, tampoco, de una interesada o involuntaria negación del carácter cambiante y, por momentos, paradójico de las posiciones políticas de los escritores, aún bajo un régimen no democrático.



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