miércoles 21 de octubre de 2009
Mansión y literatura
Absortos en el estudio de la relación entre literatura y ciudad, hemos olvidado otro vínculo primordial y documentable: el de la literatura y las casas. Los grandes novelistas del siglo XIX (Balzac, Tolstoi, Dickens…) hacían de las mansiones de la aristocracia y la burguesía un escenario habitual de las tramas de sus libros. La elección del recinto respondía al deliberado propósito de ubicar a los personajes en una clase social y explotar las tensiones que generaba el status de unos y otros.
En la narrativa del siglo XX, bajo el efecto de la democratización social, las mansiones adquieren un hechizo propio, como el de los monumentos antiguos. En Proust, en James, en Faulkner, en Mann es posible leer siempre un relato paralelo, que cuenta la historia de algún palacete en decadencia. Caso emblemático de esa nostalgia por la mansión perdida sería Brideshead Revisited (1945) de Evelyn Waugh, que rememoraba los sueños de ascenso social del pintor, ateo y capitán Charles Ryder y su triángulo amoroso con Sebastian y Julia Flyte, aristócratas católicos británicos, venidos a menos.
En una sociedad, ya no democratizada, sino totalizada como la rusa, las mansiones literarias se representan de otra manera. El tema recurrente, allí, es el de la casa tomada por el Estado, fragmentada y repartida por nuevos inquilinos obreros y revolucionarios. Son conocidos los pasajes de Doctor Zhivago (1957) de Boris Pasternak, en los que la residencia del joven médico Yuri es intervenida por el Estado bolchevique y transformada en una cuartería.
El tema es constante en la literatura rusa del siglo XX y, probablemente, también en buena parte de la literatura de Europa del Este, entre 1945 y 1989. En Días malditos (2007), los diarios de Iván Bunin, que tradujo el escritor cubano Jorge Ferrer, los lujosos apartamentos de la calle Povarskaya de Moscú son convertidos en oficinas gubernamentales “¿Cómo pueden estar seguros los bolcheviques de que les espera una existencia prolongada y estable?”, se preguntaba Bunin, poco antes de huir a Odessa y perder su propio apartamento en la misma calle.
En Corazón de perro (1986) de Mijaíl Bulgakov reaparece el asunto. Un día, después de la Revolución, llega un grupo de camaradas al apartamento del científico Filip Filipovich y le incautan el comedor y la sala de observaciones para convertirlos en vivienda de otros camaradas. Como a Bunin o a Pasternak, a Bulgakov le parecía especialmente criminal que el Estado confiscara las alfombras de los edificios privados y luego las utilizara para adornar las escaleras de las instituciones gubernamentales. El científico, enfrascado en la transformación genética de su perro Sharik en el camarada Sharikov, protesta en vano:
“¿Por qué quitaron la alfombra de la escalera de la entrada? ¿Acaso Carlos Marx prohíbe cubrir con alfombras las escaleras? ¿Acaso en alguna parte de sus obras Carlos Marx dijo que la segunda entrada del edificio de Kalabujov en la Prechistenka debía ser clavada con tablas, para que la gente entrara sólo por la puerta de servicio, que da al patio? ¿Quién necesita esas cosas?”
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