En mi último viaje a Barcelona conocí, a través del escritor Iván de la Nuez, a los jóvenes editores de la colección Periférica. El ejemplar que entonces me obsequiaron fue El cuaderno rojo de Benjamin Constant (Lausana, 1767-París, 1830), un relato autobiográfico escrito en los primeros años del siglo XIX, mientras Constant redactaba las novelas prerrománticas Adolphe (1816) y Cécile, que se editó, póstumamente, en 1851.
Periférica es, como la mexicana Sexto Piso, una editorial de jóvenes que publica rarezas bibliográficas del siglo XIX. Así como los jóvenes bibliófilos mexicanos se interesan por poco conocidos escritores europeos de aquella centuria, como Walter F. Otto, Jules Barbey d’Aurevilly, William Beckford y George Brandes, estos bibliófilos extremeños publican La nieve, uno de los relatos escritos por Johanna Schopenhauer, la madre del conocido filósofo, o las notas Sobre arte y literatura del moralista francés Joseph Joubert.
El librito de Constant, traducido por Manuel Arranz, cuenta la infancia, adolescencia y juventud de este importante pensador político entre 1767 y el estallido de la Revolución Francesa en 1789. La vida itinerante de Constant, entre Lausana, Bruselas y diversas ciudades de Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda e Inglaterra tenía el componente sedentario de los pesados baúles de libros y el melodrama de sus tortuosos romances.
En El cuaderno rojo, Constant cuenta sus amores con mujeres, casi siempre ilustradas y mayores, a quienes agradece la velocidad de su formación intelectual, como Madame Trevor, Madame Pourras o Madame de Charrièrre. Larga lista a la que luego se sumaron Minna von Cramm, su primera esposa, Madame Staël, Charlotte de Hardenberg, su segunda esposa, la actriz Julie Talma y la célebre anfitriona de salones literarios, Madame Récamier.
La lectura de este relato, profuso en viajes, reyertas, amoríos y confesiones, produce un efecto humanizador sobre la figura de Constant, quien ha sido mucho más leído como el gran tratadista del gobierno representativo, la política constitucional y la “libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”. No sería descabellado encontrar en el ejercicio de la primera persona, que caracteriza la prosa del joven Constant, un punto de partida de su retórica como parlamentario liberal bajo el reinado de Carlos X.
Una cita de Émile Faguet, transcrita por Arranz en el prólogo, perfila a Constant como el Inconstante: “liberal pesimista, escéptico dogmático, ateo obsesionado con la religión, inmoral moralista, arbitrario defensor de la ley y el orden”. A estas paradojas habría que agregar una más, relacionada con la escritura: Constant fue, a la vez, un excelente narrador, un agudo filósofo y un tratadista persuasivo.
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